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Música Clásica y ópera de Classissima

Plácido Domingo

jueves 23 de febrero de 2017


Ya nos queda un día menos

Ayer

Concierto John Williams con la Filarmónica de Málaga

Ya nos queda un día menosAdoro la música de John Williams. ¿De segunda fila? Es posible, aunque nada malo veo en ello. ¿Sin nada novedoso que aportar a la evolución de este noble arte a lo largo de las últimas décadas? Muy probable, sin que tampoco encuentre delito en tal circunstancia. ¿Facilona de escuchar y plagada de convenciones? Sin lugar a dudas: cuando se escribe para la pantalla grande resulta imprescindible llegar a un público en su inmensa mayoría no familiarizado con las novedades del lenguaje musical. ¿Deudora de muchos de los grandes compositores de finales del XIX y del primer tercio del siglo XX? Por supuesto, pero no por ello anda escaso de personalidad: John Williams siempre suena a John Williams incluso cuando cita más o menos directamente a Tchaikovsky, a Prokofiev, a Stravinsky, a Copland o a Walton. Lo cierto es que el compositor de Star Wars ha sabido llegar al corazón de cientos, miles de personas en todo el mundo. E incluso les ha preparado los oídos –a mí mismo, sin ir más lejos– para ir a mayores y disfrutar de los grandes genios. ¿Y cómo ha conseguido esto? Pues con una música que es al mismo tiempo popular y culta, que está fabulosamente escrita en el aspecto técnico –nada de silbar melodías: contrapunto y desarrollo temático son formidables–, que alcanza siempre una extraordinaria conjunción con la imagen –sin que sea imprescindible ésta para disfrutar de los pentagramas– y, sobre todo, que ofrece una inspiración de altísimo nivel, aunque –como todo el mundo– haya conocido altibajos y ahora, a sus ochenta y cinco años, no se encuentre en su mejor momento creativo: Mi amigo el gigante dejaba que desear. Ofrecía el pasado domingo la Filarmónica de Málaga un concierto bajo la dirección de Arturo Díez Boscovich –simpatiquísimo y muy hablador presentando cada obra– cuyo programa Indiana Jones/Harry Potter, supongo que diseñado por el joven maestro malagueño, parecía pensado para mí: yo hubiera escogido exactamente las mismas piezas, aunque eché de menos la ausencia de tres de las inicialmente previstas, suprimidas sin mediar explicación. Comenzaron con la celebérrima Raiders March, que desde el punto de vista interpretativo dejó más o menos clara la línea que iba a seguir el concierto: orquesta con evidentes desigualdades entre sus familias, sonando los metales más bien pobres para las exigencias de esta música, y dirección vistosa, animada y entusiasta, aunque sin muchas sutilezas. Siguió el bellísimo Marion’s Theme, en un afortunado arreglo de concierto que el compositor, no siguiendo su tónica habitual, decidió no incluir en el disco. The Basket Game corresponde a la escena de la persecución de la cestas en la primera de las películas de la tetralogía, un portentoso ejercicio de virtuosismo compositivo –y de sincronización con la pantalla– un tanto en la línea de los scherzos de Prokofiev que adora el norteamericano. The Map Room, desdichadamente sin la presencia del coro, es uno de los mejores fragmentos de la obra del maestro: pleno desarrollo del ominoso tema del Arca de la Alianza cuando el protagonista utiliza un rayo de luz para localizar su ubicación a través de una maqueta. Siguió la electrizante Mine Car Chase del Templo maldito, otro prodigio de escritura orquestal en el que, me temo, ni orquesta ni director lograron alcanzar el frenesí de la interpretación original. De la cuarta entrega del aventurero interpretado por Harrison Ford nos llegaba el Irina’s Theme. Decía Díez Boscovich que le recordaba a los grandes temas de amor del cine negro vinculado a mujeres fatales; podría ser, pero a mí las primeras cuatro notas me parecen prestadas de uno de los temas rusos –el personaje es una agente soviética– escritos por Nino Rota para Guerra y Paz. De la misma película venía Call of the Crystal: ¿por qué no mejor la excitante A Whirl Through Academe que estaba también prevista? El Scherzo for Motorcycle and Orchestra de The Last Crusade fue lo más inspirado de Williams para el tercer título de la saga, acción y humor a tope con una habilidad increíble para jugar con el ritmo, la orquestación y los leitmotivs. Fabulosa idea la de incluir el brillantísimo, maravilloso arreglo del Anything Goes de Cole Porter realizado por John Williams  para el capítulo segundo; no hubo coro, pero sí una digna solista vocal llamada Bárbara Pareja. Lo peor vino al final de esta primera parte del concierto: títulos de crédito de la misma película sólo desde la melodía del pequeño Short Round, es decir, sin poder escuchar el tema del Templo maldito propiamente dicho. ¡Qué rabia! Las tres primeras películas de Harry Potter se encuentran llenas de temas muy inspirados por parte de Williams, aunque también de otros que no lo están tanto. De la primera de ellas ofreció una suite de concierto extrañísima, por estar orquestada cada una de sus piezas, salvo Hedwig’s Flight y Harry’s Wondrous World –inicio y final–, para un determinado conjunto de instrumentos. Así, Hogwarts Forever sonó en el conjunto de trompas –lo más flojo de la Filarmónica de Málaga, al menos este domingo–, Voldemort para la madera grave, Nimbus 2000 para las maderas en su totalidad, Fluffy and his Harp en su orquestación original para arpa y contrafagot (¡estupenda la primera, sensacional este último en su dificilísima parte!), Quidditch para los metales, Family Portrait para la cuerda grave –si no recuerdo mal–, y Diagon Alley en su plantilla original para pequeño conjunto de vientos, percusión y violín stravinskiano (perfecta la concertino, por cierto). Se disfrutó, en definitiva, de una "Guía de orquesta para jóvenes" a la manera de Williams.    Suprimidos los dos inspiradísimos fragmentos que se habían seleccionado del tercer título de la saga –Aunt Marge’s Waltz y A bridge to the Past–, concluyó el concierto con dos páginas del segundo, el noble tema de Fawkes the Phoenix y The Chamber of Secrets, sin duda las piezas mejor interpretadas: cuerda empastadísima, cálida y dúctil fraseando la melodía dedicada al fénix, perfecto el equilibrio de planos y la seguridad de los metales en el excitante arreglo de concierto del tema dedicado a la cámara donde se esconde el basilisco. Yo me lo pasé en grande. El público, muy joven en su mayoría, también lo hizo, corroborando la excelencia de la iniciativa. Una puntualización: señalaba Díez Boscovich que cuando él era pequeño no se hacían conciertos de música de cine, y eso no es del todo exacto. Yo pude ver y escuchar a Jarre, a Golsmith, a Elmer Bernstein, a Morricone, a Nieto, a Yared, a Shore, a Raksin dirigiendo a North o a Savina dirigiendo a Rota en los tristemente desaparecidos Encuentros Internacionales de Música de Cine de Sevilla. ¿Por qué se fue al traste aquello?

Cantan ellas - El Blog de Maac

14 de febrero

La traviata - Palau de les Arts - 09/02/2017

UNA TRAVIATA MÁS. En la no muy larga, pero ya no tan corta, historia del Palau de les Arts, si la memoria no me falla, Turandot y La traviata se llevan la palma, ambas han sido representadas en tres temporadas; pero, sin duda, la que debe figurar en primer lugar es La traviata puesto que lo ha sido con tres producciones distintas y con tres directores también distintos. Con unos resultados también muy desiguales. La primera Traviata, la conocida como “La traviata de los espejos” de Brockhaus se representó durante la Temporada 2009-2010 y estuvo dirigida con Lorin Maazel. Esta producción, más allá de la colocación del famoso espejo en el escenario en el que los cantantes, y también el público, se ven reflejados, no me dijo nada. En cuanto al reparto tampoco dijo mucho, quizás lo más destacable fue el material vocal, irregularmente empleado, de Vittorio Grigolo. Nunca me gustó Maazel dirigiendo Verdi durante la última etapa de su carrera, salvo en muy contadas ocasiones, como el Auto de Fe de Don Carlos. Le iban mejor compositores más expansivos, recuerdo especialmente su Butterfly y su Parsifal, de lo mejor que se ha escuchado en Les Arts. En conjunto fue una Traviata fallida.  La segunda Traviata contaba con la seguridad y eficacia a la que nos tenía acostumbrado Zubin Mehta, fue en muchos aspectos extraordinaria. Es “La traviata del reloj”, también muy famosa, que provenía del Festival de Salzburgo, visualmente atractiva y muy efectiva dramáticamente. Las funciones fueron bastante accidentadas (sustitución de Ivan Magri en el estreno por Nikolai Schukoff y, posteriormente, de Sonya Yoncheva por Jessica Nuccio y de Magri por Aquiles Machado) pero el resultado más que óptimo.  Y ahora ha llegado el turno a la tercera Traviata, la de la escalera. Desgraciadamente el atractivo mediático no estaba puesto esta vez ni en el director musical ni en los cantantes, ni siquiera en la dirección escénica de Sofia Coppola. Ahora el aliciente que nos ha querido vender el Palau de les Arts para que asistamos a este estreno ha sido la presencia de la reina Sofía, el modisto Valentino, Monica Belucci, Nati Abascal, Luis Alfonso de Borbón, Margarita Vargas, Mónica Ortiz y otra fauna. Así es como nuestro director de escena oficial e Intendente-Director artístico quiere “hacer accesible la belleza al chico del último barrio” (Livermore. Junio, 2013). No voy a extenderme más sobre este asunto porque ya se ha escrito mucho sobre él en los últimos días, no me parece una forma de predicar con el ejemplo por parte de nuestro intendente. Sofia Coppola presenta una Traviata de lo más convencional, bonita sin más, con la presencia en primer plano de una escalinata de mármol descentrada y totalmente desproporcionada para que veamos durante el Preludio lo bien que va descendiendo la cola el traje que lucirá Violetta durante el primer acto de la ópera. La escenografía, de Nathan Cowley, es del estilo de las óperas que dirigía Franco Zeffirelli pero en versión minimalista. La dirección de actores brilla por su ausencia, el único que sabe cómo moverse en escena es Plácido Domingo, pero es algo que está en su propia naturaleza y que ha ido perfeccionando a lo largo de los años. Si esta Traviata tiene alguna virtud es la de que, transitoriamente, abandonamos la estética Livermore, con la que ya comenzábamos a emborracharnos, es el precio que tenemos que pagar por tener un director de escena como director artístico. La traviata de Coppola agrada a los que gustan de las producciones tradicionales. No es mi caso, prefiero que se arriesgue más aunque el resultado final termine decepcionándome, yo apuesto antes por el riesgo que por el aburrimiento más convencional. Tampoco diré poco más, dos palabras lo dicen todo: estéticamente anodina, y dos palabras más vuelven a puntualizar: no molesta. No entiendo por qué en la web de Les Arts, en el apartado titulado "Dirección" se pone el siguiente encabezamiento: "Producción creada por VALENTINO GARAVANI y GIANCARLO GIAMMETTI y el Teatro dell’Opera di Roma". Cuando lo normal es que pusiera "Producción procedente del Teatro dell’Opera di Roma". Después, en el apartado “vestuario” vuelve a aparecer el nombre de Valentino Garavani, junto con el de Maria Grazia Chiuri y Pierpaolo Piccioli. No sé si es por mi propia ignorancia pero estoy hecho un lío ¿quién dirige, al final, escénicamente esta Traviata?. Si alguien destacó el pasado jueves fue Marina Rebeka como Violetta, tiene la soprano letona una voz muy hermosa, timbrada, sin aristas y es capaz de solventar, aunque sin grandes alardes, los problemas de coloratura que contiene el papel, sobre todo en el primer acto. En el segundo acto me dejó algo decepcionado por culpa de su inexpresividad, tanto vocal como escénica, pero me cautivó de nuevo en el último, más por la forma de cantar que por su fuerza dramática, y esto también fue una sorpresa después de lo estática que la había encontrado en el dúo con papá Germont, porque pensaba que Rebeka, que es una soprano lírica, carecía de los graves necesarios para afrontar el reto del tercer acto con solvencia, hizo un final de ópera más delicado que intenso y eso, aunque no es mi ideal, sí me gustó. Artuo Chacón Cruz pasó por el papel de Alfredo sin pena ni gloria, su timbre no tiene brillo alguno, es tosco, creo que es su principal problema; pero, al contrario que a otros muchos, no me molestó, eso sí, decía el texto como si fuera un robot, expresividad nula. Escuchar a Plácido Domingo supo a gloria en la primera parte del dúo con Violetta, por la intensidad de su canto y fraseo, para mí fue una sorpresa más porque escuchar al tenor cantar Macbeth la temporada pasada se convirtió en un auténtico suplicio; sin embargo, cuando llegó el momento de su aria y cabaletta el tenor madrileño estaba totalmente agotado e hizo lo que pudo para salvar los platos, menos mal que el papel del papá de Alfredo no es muy largo. El resto de papeles tienen poca relevancia y todos fueron correctamente servidos por miembros del Centro de Perfeccionamiento o del Coro de la Generalitat, que estuvo al extraordinario nivel a que nos tiene acostumbrados y, afortunadamente, esta vez me he reconciliado con la Orquesta de la Comunitat Valenciana que, en I vespri siciliani, me decepcionó mucho, hasta el punto de haber pensado que el declive, que hasta entonces venía siendo muy lento y progresivo, se había acelerado. Gran parte del mérito de que esto haya sido así debemos atribuírselo a Ramón Tebar quien llevó muy bien a la orquesta y estuvo en todo momento pendiente de los cantantes; con la colaboración de Rebeka, única cantante que estuvo a la altura, supo llevar a esta Traviata a buen puerto. 




E così dolce il suon della sua voce...

11 de febrero

El arte de escuchar. El arte de saber escribir

Roberto Herrscher, cronista musical argentino, nos propone en su libro “El arte de escuchar” un viaje musical que se sustenta en tres pilares, los mismos en los que se divide esta recopilación de reseñas y reportajes, escritas a lo largo de dos décadas y publicadas en dominicales y revistas especializadas. Herrscher empieza fuerte y apuesta en el primer apeo de esta ruta por los personajes. En este primer bloque desfilan ante nuestros ojos personajes como Calixto Bieito. El capítulo es interesante por su planteamiento más allá de la polémica que despierta el director de escena en cuestión. Tres óperas diferentes: “Don Giovanni”, “Macbeth” y “Un ballo in maschera”. Primero nos deleitamos y nos situamos en la escena tal cual reza en el libreto, para pasar en un abrir y cerrar de ojos a la propuesta de Bieito. El contraste y la diferencia es absolutamente abismal. Emotivo el capítulo dedicado al apuntador del Liceu, nuestro querido Jaume Tribó, una de los personajes más queridos del mundo de la ópera y uno de los que saben más, de ópera y de historia del teatro al que está tan vinculado y al que tanto quiere, su (nuestro) Gran Teatre de Liceu. Se repasa también las facetas del director Lorin Maazel y de la familia Savall, pero donde marca diferencia – y mucha- es cuando habla de su compatriota Astor Piazzolla. Lógico y comprensible. Este capítulo adquiere una emotividad diferente, más personal, más visceral y que, sin dejar de ser algo ya publicado, se erige en un alarde y demostración de cariño a la patria, a sus gentes y a su música. Lo que es incomprensible e inconcebible, sin embargo, es el capítulo dedicado al tenor Plácido Domingo, con el que empieza esta recopilación. En él se dedica a explicar las idas y venidas y los entresijos de la gala homenaje que se hizo al gran artista madrileño en el Teatro Real de Madrid cuando cumplió los 70 años. No explica nada que no supiera ya, aunque siempre es un placer revivir y releer jornadas tan especiales para este gran tenor y también para los que nos contamos entre sus aficionados, pero, lo que es imperdonable es el baile de fechas de las que adolece esta crónica. Erradas están las fechas de debut como Alfredo Germont en Monterrey, también la de la primera actuación en Viena, así como sus primeras andanzas en el Metropolitan de Nueva York (aquella famosa “Adriana Lecouvreur al lado de la gran Renata Tebaldi), sus “Luisas” en Madrid, e incluso la fecha de su boda. ¿Dónde queda el contraste de datos? ¿Dónde queda la profesionalidad del cronista, del periodista? Sorprendre. Y sorprendre mucho en épocas en que… en caso de dudas, solo tenemos que acudir a internet y corroborar. Con un clic. Así de fácil. El segundo pilar de este libro se cimienta en los viajes de Herrscher. Barcelona, Bayreuth, Sevilla, Madrid, Cuenca…un largo recorrido por festivales y templos operísticos, especiales para el autor, que si bien le permiten pisar por los sitios más venerados del aficionado, poco aporta a la obra y al lector. Solo genera aquella sana envidia del que quiere y no puede. Y finalmente, el grueso postrero del libro se concentra en las experiencias personales del propio cronista, vividas en solitario o al lado de su hijo, y al igual que las anteriores, todas ellas ya publicadas anteriormente. La obra recopilada por tanto, no innova, no motiva, no añade ningún toque de originalidad para quien lo lee, aunque aporta conocimiento musical en géneros que no están vinculados estrictamente a la ópera y que, de no haber sido recogidos en la obra, hubiera seguido sin conocer. Y por ello, sólo por ello, es interesante darle una lectura. El libro concluye informando acerca de la actualidad de las vidas de los personajes que Herrscher nos presenta, y lo hace dejando los artículos tal cual escribió en su momento y los retoma, a todos ellos, hasta el 1 de noviembre de 2015. Una obra amena para el amante del reportaje y de la escritura meramente periodística que nutre al lector de las experiencias de las que se ha nutrido, previa y personalmente, el propio autor. Si hoy estoy escribiendo esto… Dejando más allá lo más o menos interesante que puede resultar la lectura de todas estas crónicas vestidas en forma de libro, lo cierto es que, como reza este separador es – y valga la redundancia- que si hoy estoy escribiendo esto es gracias a la generosidad de un buen amigo que un buen día decidió regalarme este ejemplar. Gracias al musicólogo catalán Albert Ferrer Flamarich, he conocido más de Jordi Savall, he revivido de nuevo el incendio del Gran Teatre del Liceu, he conocido la realidad de un centro de educación secundaria del Raval de Barcelona y he vuelto a recordar el triste accidente de Germanwings. Recomiendo leer a este joven licenciado en Historia del Arte por el dominio de las palabras y conocimiento que imprime en sus crónicas, por su – a veces acidez- y también por su mordacidad. Un estilo que cala y seduce, porque es diferente y alejado de la típica crónica musical que todos tenemos en mente. Savia joven. Savia nueva. Inteligencia y agudeza visten sus trabajos y a pesar de su juventud entre los años 2004 y 2006 coordinó la publicación especializada en zarzuela y ópera española “Sarsuela 2000 Zarzuela”, además de presentar diferentes programas radiofónicos para emisoras locales, faceta con la que ahora, también continúa. En la actualidad podemos leerlo en las publicaciones de “Audio Clásica”, www.classics.cat, y también en el “Diari de Sabadell”, nuestro periódico local con el que participa desde el año 2010 y que nos permite a los sabadellenses de disfrutar de crónicas firmadas por alguien que sabe de lo que está hablando y que lo explica bajo el ojo crítico de alguien que es un perfecto conocedor de nuestra lengua (su catalán es exquisito y provoca adicción) y del estilo y género sobre el cual escribe. Talento de sobras que desperdician publicaciones especializadas o periódicos de mucha más tirada en favor de crónicas más estándar, cuyos autores se limitan a explicar por encima las funciones a las cuales asisten sin aportar un ápice de interés o de curiosidad a quien lo está leyendo. Para quien no conozca su trabajo, les invito a conocerlo. No se arrepentirán. Es de los que escriben y hacen pensar. Pocos musicólogos lo consiguen.

El Blog de Atticus

10 de febrero

"LA TRAVIATA" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 09/02/17

Y entonces Monica Bellucci se detuvo junto a Él y ya nada importó… (Proverbios 32:21) Noche de gala la vivida ayer en el Palau de les Arts con ocasión del estreno de La Traviata, ópera que, si nos atenemos a la parafernalia que se montó en el teatro valenciano y a su repercusión en prensa, debió ser compuesta por el modisto Valentino Garavani. Cuenta la leyenda que estando un día en la peluquería con la cabeza sumergida en un barreño de tinte, le vino la inspiración. Iba a escribir una ópera en la que un vestido negro con cola turquesa de plumas brindaba con unos pavos y le daba la tos, luego vendría un viejo a incordiar a un vestido blanco que acababa escribiendo una carta, para después, un vestido rojo en tafetán de seda, llegar a un garito y acabar por los suelos, finalizando todo con un camisón en piel de ángel rosa palo y encaje de Chantilly, con bata con flores aplicadas bajo mangas de farol en tul plumetti y mules forradas, que se mueren de tisis. Amoavé sinojentendeeemoooo (como decía Faemino)… Que todo este rollo está muy bien. Que me parece genial que el Palau de les Arts sea la estrella de las noticias y no quede un asiento libre, aunque la mitad estuviesen ocupados por glúteos que visitaban por primera vez un recinto operístico. Que queda muy bien que el foyer de Les Arts parezca un flashmobde la revista Hola. Que me encanta que hayamos tenido la mayor presencia de representantes y ex representantes políticos valencianos de los últimos años. Que se agradece que la reina Sofía siga acudiendo al teatro que lleva su nombre. Que es fenomenal escuchar a las señoras con cara de teleñeco o rape con carmín decir qué bonito es todo. Y, principalmente, que es maravilloso y nunca podré olvidar el instante en que Mónica Bellucci pasó junto a mí y, como en la escena del gimnasio de West Side Story, parecía que se hubiese hecho el silencio, las luces se hubieran apagado y sólo estuviéramos ella y su Atticus… Ay… Pero no, eso no es lo importante (bueno, lo último, un poquito sí). Lo principal, aunque no lo pareciese, es que allí se representaba una función de ópera. Que allí había unos músicos y unos cantantes ofreciéndonos una de las obras más maravillosas surgidas del genio, este sí de verdad, de Giuseppe Verdi. Desde que se anunció que esta temporada podría verse en Valencia esta producción estrenada en la Ópera de Roma, la expectación mediática se disparó. Los nombres de Sofía Coppola, como directora de escena; Nathan Crowley, como escenógrafo; y Valentino Garavani como encargado del vestuario y creador de la producción; concitaron el interés del papel cuché y de muchas personas a las que la ópera les chupa un pie. Eso está bien, no es malo en sí mismo. Lo malo es no saber ponderar que como efecto llamada es positivo, pero lo fundamental es el espectáculo musical. Por eso, a mí me hubiese gustado que este tirón mediático se hubiera producido con otra ópera menos popular. La Traviata, aunque se hubiera traído con una producción salchichera de José Luis Moreno, hubiera llenado. Y, sobre todo, yo no dejo de preguntarme si, teniendo el lleno traviateril garantizado, valía la pena gastarse el dinero en esta producción que, ignoro cuánto le habrá costado a Les Arts, pero intuyo que barata no será. Los responsables del teatro, mucho más listos que yo, sabrán si compensa. Ojalá así sea. Pero a mí ese gasto me gustaría más invertirlo en música y voces que en escenografías y vestiditos. Preferiría que se nutriese la orquesta como merece y que liberasen la temporada de Les Arts de tanto protagonismo a cantantes del Centre y se trajeran no sólo estrellas puntuales (Rebeka, Devia, Antonacci…) sino repartos más homogéneos  en conjunto y calidad. Y esto desde ayer aún lo pienso más, ya que, reconociendo el impacto visual de la puesta en escena, muy atractiva, muy bonita, me pareció que el trabajo de dirección de escena era paupérrimo y la propuesta se quedaba en un clasicismo exacerbado, sin aportación personal alguna más allá de lo puramente estético. Era como un Zeffirellial que le hubieran embargado la mitad del mobiliario y sin el más mínimo indicio de labor de dirección de actores. Yo adoro a Sofia Coppola como directora de cine, casi tanto como detesto su cara de colitis como actriz en El Padrino III, pero de verdad me pregunto qué ha hecho, más allá de cobrar la pasta. Parece que todo se haya centrado en el efecto estético, dejando que los cantantes pululasen por allí dejados a su buen o mal saber actuar. Declaró la Coppola con ocasión del estreno en Roma, que había pretendido encontrar una clave contemporánea… Supongo que todavía estará buscándola. Los amantes de las puestas en escena tradicionales la disfrutarán sin duda. Y yo también agradezco de vez en cuando menos marcianadas y más ajustes al libreto, pero siempre que haya un concepto claro de lo que se quiere y una labor de dramaturgia que colabore a transmitir la personalidad y emociones de los personajes. Ayer no me dio esa impresión. Parecía más bien un desfile de modelos de Violetta en un entorno muy bonito. La escenografía y la iluminación desde luego son sobresalientes. Del vestuario, como soy un absoluto berzas, prefiero no opinar, porque a mí el famoso vestido rojo me parecía un gigantesco Dodotis de Valentino. Otro de los grandes elementos negativos de la producción, sea causa directa suya o de las estrecheces técnicas del Palau tras los ERE, fue el disparate de tener que hacer ¡¡¡tres descansos!!! Supongo que para los cambios de la aparatosa escenografía entre cuadro y cuadro. Eso motivó que, entre los parones, el remoloneo del público para cotillear a las celebrities, los protocolos reales y la gente aplaudiendo hasta el carraspeo del acomodador, la función se alargase a las 4 horas, que uno ya no sabía si salía de Traviata o de Tristán e Isolda. Pero bueno, dicho todo lo anterior, que sabéis que soy muxagerao pá tó, reconozco que no puedo decir que no me gustara, incluso hubo momentos estéticamente muy conseguidos, pero me enfadó mucho que una producción con tanto valor externo no aportase algo más de chicha que hiciese más redondo el conjunto. De cualquier modo, como decía antes, lo principal, aunque no lo pareciese era lo musical y ahí, en líneas generales, creo que el resultado ha de calificarse de bastante positivo. Ramón Tebar volvía a situarse al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana para afrontar esta página verdiana de la que, por conocida, a veces se menosprecia la riqueza que atesora y lo importante que es destacar sus infinitos matices. Anoche la orquesta sonó maravillosamente bien y creo que la labor de Tebar es digna de elogio y reconocimiento, bastante alejada del chimpunismo de Abbado en I Vespri, el Verdi anterior en este teatro, y, por supuesto, claramente por encima de aquella horripilante Traviata que perpetró Lorin Maazelen 2010. Ya desde el bellísimo inicio la sensibilidad del director se puso de manifiesto, brillando con toda su intensidad en el preludio al tercer acto y en el acompañamiento a la muerte de Violetta, donde pudimos disfrutar de unos violines excelsos que elevaron muchos grados la emoción en la sala. El primer acto fue conducido con brío y buen pulso, y el tercero estuvo llevado con gran sentido dramático, viéndose lastrado el segundo por un Plácido Domingo que llevaba su propio piloto automático, haciendo que Tebar se centrase en el foso para procurar seguir al cantante ante la imposibilidad de que éste se ajustase a la batuta. Toda la noche ofreció el director un meritorio trabajo de concertación, un hábil e inteligente manejo de las dinámicas, y una atentísima labor de control y matización de las voces, con la excepción ya mencionada. Entre los atriles destacaron, además de los violines, las intervenciones de Tamás Massànyi al clarinete o Pierre Antoine Escoffier al oboe, quien ofreció un precioso acompañamiento al Addio del passato de la protagonista. El Cor de la Generalitat tiene aquí una menor intervención que en otras obras, pero, no obstante, volvió a conquistar al público con un trabajo escénico y vocal de primera fila. Mostró riqueza dinámica en el celebérrimo brindis y gran empaste y poderío en la última escena del segundo acto, con un Oh infamia orribile espectacular. Había también gran expectación por escuchar la Violettaque nos ofrecía Marina Rebeka. En 2010, en aquella Traviata de infausto recuerdo dirigida, o lo que fuese, por el llorado Lorin Maazel, ya estuvo anunciada la soprano letona, aunque cayó finalmente del cartel sin justificación alguna, siendo sustituida por la rusa Hibla Gerzmava. Rebeka fue la gran triunfadora de la noche con un poderío vocal incuestionable, especialmente en una franja aguda resplandeciente y potentísima, con una voz rica, timbrada y que supo controlar con suficiencia y manejar con gusto, adornándose con algunas bellas regulaciones. Solventó con tablas la coloratura, agilidades y exigencias del acto primero, finalizando la cabaletta Sempre libera dando el Mi bemol sobreagudo.Pese a lo irreprochable de su actuación hubo algo que, en mi opinión, no acabó de convencerme del todo y es que me transmitió demasiada frialdad. Todo fue correctísimo, pero de un automatismo gélido, o al menos esa fue mi impresión, lo cual se unió a una expresividad actoral limitada, posiblemente achacable a la dirección de escena. Su Amami Alfredofue bellísimo, pero poco explosivo y demasiado contenido para mi gusto, no sé si por indicación de la dirección musical o por su propia iniciativa. Sí que hubo dos instantes donde su expresividad salió a flote y fueron para mí sus mejores momentos de la noche, el fantástico Dite alla giovine del segundo acto y todo el tercer acto, donde las limitaciones en su zona grave las cubrió con una mayor implicación dramática. En cualquier caso, Rebeka fue una estupenda Violetta. Pero a colación de la expresividad de la protagonista no quiero dejar de mencionar aquí la Violetta que pude escucharle hace apenas doce días, en el Palau de la Música, a una soprano perteneciente al Cor de la Generalitat, Carmen Avivar, y que me dejó absolutamente impresionado con una calidad mayúscula, digna de pisar con papeles principales la sala de Les Arts. No viene a cuento entrar en comparaciones con nadie, pero si diré que los recursos estilísticos y la expresividad de Avivar fueron de primera línea. Arturo Chacón Cruz fue el tenor encargado de dar vida a Alfredo Germont. Valentía y decisión no le faltaron al cantante mejicano, lo cantó todo con corrección, pero hay algo en su voz que no me gusta. Sé que el problema será mío y de mi gusto atrofiado, pero no me agradó. La voz suena demasiado mate, agarrada a la garganta, con tendencia a estrangularse sin estarlo, aunque cuando subía a la zona más aguda brillaba más. Su fraseo tampoco se caracterizó por la elegancia, echándose de menos una más cuidada línea de canto, mayor legato, más finura y menos berreos y sonidos abiertos. Perdió el tempo en más de un pasaje y su expresividad tampoco fue su fuerte, estando la mayor parte de las ocasiones ejerciendo de palitroque o perdido en escena. Esperaba bastante más. De Plácido Domingo poco nuevo se puede decir. Para bien y para mal. Cuando le ves anunciado en un papel baritonal ya sabes que no vas a escuchar a un barítono, sino a un Domingo mayor cantando un papel de barítono. Tras las últimas experiencias yo estaba casi convencido de que hoy iba aquí a escribir que si sigue así, cantando todo lo que no debe sin recato, acabará por convertirse en nuestro Foster Jenkins particular. Espero que no sea así desde luego, porque no merece su inigualable carrera cerrarse de mala forma. Pero es que además, después de lo visto y oído anoche, he de reconocer que la cosa no salió ni mucho menos tan mal como me imaginaba. Es verdad que su voz está cada vez más gastada, pero al mismo tiempo sigue teniendo momentos en los que se muestra imponente. Sus carencias de fiatoentorpecen gravemente el fraseo, pero a la vez es capaz de mostrar en una sola de sus frases más emoción y expresividad que todo el resto del elenco. Como actor, un movimiento de su rostro o sus manos, un simple gesto, dice más que cualquier arrebato de cantante novel. Fue el único que transmitió personalidad en escena y verdad y alma en su canto. Eso no quita que llevase loca a la orquesta y a la soprano y que se desbaratase completamente ya al final del dúo, en Premiato il sacrificio, donde puso la directa sin esperar a nadie, y hasta se inventó algunas notas.   En los papeles menores, cubiertos con cantantes del Centre de Perfeccionament, destacaron más ellas, Olga Zharikova y Anna Bychkova, que ellos, Moisés Marín, Jorge Álvarez, Andrea Pellegrini y el omnipresente Alejandro López, quien no parece que su larga estancia en el Centre le sirva para pulir su faceta de actor, actualmente no mucho mejor que la de un sobao pasiego. Cumplieron los miembros del Cor, Antonio Gómez, Bonifaci Carrillo y Boro Giner, quien, aunque parezca una bobada, me proporcionó una de las agradables sorpresas de la noche, cantando y fraseando excelentemente un papel tan breve e irrelevante como el de Mensajero. También es verdad que en la platea había ganas de escuchar una voz baritonal de verdad. El teatro se encontraba anoche completamente lleno. Esta es la parte buena. Cosa distinta es saber cuántos de los que estábamos habíamos pagado de nuestro bolsillo la localidad. Los palcos centrales del segundo piso, que suelen reservarse para entradas de grupo, estaban ocupados por una ingente representación del famoseo allí presente. Supongo que se pondrían de acuerdo entre Nati Abascal, Cari Lapique, la hija de Bertín y el duque de Alba, para formar grupo y que les hicieran descuento del 40%. Por cierto, se rumoreaba ayer que el signore Valentinollevó abundante vestuario preparado con el que sustituyó los trapillos de menos de 6.000 euros que llevaban algunas de las famosas y acompañantes, a fin de que no deslucieran los palcos con ordinarieces. Como era de esperar, la función obtuvo un apoteósico éxito, con un público entregado que lo aplaudía todo y que al final braveó con locura al trío protagonista. Lamentablemente, ha de reseñarse que la salida a escena de Valentino Garavani obtuvo más aplausos y grititos que los saludos de Ramón Tebar y la orquesta. Ejloquehay… Por cierto, sin que se entienda una falta de respeto a tan venerable figura, color caoba, de la moda internacional, el pobrecico mío parece una Virgen vestidera, de esas que son sólo cabeza, peluca y vestido que oculta un armazón de palos. Si ya de normal la crónica suele venir adornada con el comportamiento inadecuado de público irrespetuoso, en este tipo de funciones, con gran presencia de espectadores no habituales, el problema se multiplica. Ayer fueron masivos los sonidos de móviles, las toses gargajosas, el güasapeopermanente, los comentarios en voz alta o los aplausos a destiempo. Lo peor, no obstante, es que también hubo una actuación incorrecta, por acción y omisión, por parte del teatro. Por acción, al permitir que entrase gente en la sala con la música sonando. Por omisión, al no conseguir evitar, pese a las protestas de algunos espectadores, el ruido generado por los camareros que guardaban bebidas en los pasillos de los lavabos contiguos al lateral del primer piso, que no paraban de entrar y salir de ese pasillo, provocando la apertura y cierre, y consiguiente ruido, de las pesadas puertas durante la representación. No me ha parecido bien tampoco la decisión de sustituir en esta ocasión los diseños de Pepe Moreno sobre la figura de Lucrezia Bori que vienen ilustrando los programas de mano esta temporada, por la reproducción del cartel con firma de Valentino que se utilizó en el estreno romano. Bueno, pues hasta aquí mis impresiones subjetivas. No os puedo animar a ir porque no queda ni una entrada en venta anticipada, aunque ya sabéis que todos los días desde que se abran las taquillas se pone a la venta el 5% reservado para cada función. El espectáculo vale la pena. Y si para las siguientes funciones ya eliminan el photocall, los controles de seguridad de la Casa Real y toda la tontería del agropijismo valenciano, aún mejor. 



Pablo, la música en Siana

6 de febrero

Mahler: bendita profana religiosidad

Domingo 5 de febrero, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Orquesta de la Suisse Romande, Jonathan Nott (director). Obras de Schubert y Mahler. Una orquesta legendaria y con mucha historia junto a un director ya titular de la misma, al que llevo años siguiendo, con un programa imperdible dieron lugar a un concierto para recordar. Oviedo sigue en los circuitos internacionales y la llegaba a la capital asturiana totalmente rodada tras su paso por distintas capitales incluyendo Madrid en el ciclo de Ibermúsica (capitaneado por el inagotable Alfonso Aijón, hoy presente en el auditorio asturiano) con dos conciertos muy distintos. Jonathan Nott me encandiló hace ya siete años en este mismo ciclo, donde su "Primera de Mahler" ya marcó época, y me escapé a La Quincena (de nuevo con La Sinfónica de Bamberg) cual "cofrade mahleriano de la magnificencia" en un peregrinaje más allá de creencias religiosas plenamente profanas pero donde lo espiritual nunca es ajeno a las grandes páginas sinfónicas. La Sinfonía nº 5, D. 485 en si bemol mayor (Schubert) presentaba una plantilla algo más amplia de lo habitual, amén de versiones más o menos historicistas, pero en manos de Nott se portó camerística pese al número, puesto que el juego dinámico que ofrece esta formación con sede en Ginebra es tan amplio que los matices extremos parecen alcanzar una densidad impensable en un directo. Añadir la elección de unos tiempos reposados en su punto para disfrutar de una partitura llena de poesía musical, el llamado lirismo que Schubert entendió como pocos desde el campo de lied. Calidad desde la cantidad y una dirección clara, pausada, atenta a cada sección orquestal en el momento preciso con una batuta agarrada entre pulgar e índice para dejar libres tres dedos de su derecha tan independientes como las apariciones motívicas. La "colocación vienesa" con los contrabajos atrás a la izquierda ayudó todavía más en la percepción de una sinfonía bien entendida por el ya aclamado director británico. El Allegro rítmicamente marcado sin excesos, contención global pero contrastes dinámicos amplios precisamente por una plantilla capaz de esa rotundidad llena de matices sacados a la luz por el maestro Nott. El Andante con moto resultó de una delicadeza camerística ajustada en el aire y con intervenciones cálidas de una madera revestida de la grandeza que da la cuerda en la escritura del gran Schubert excepcionalmente "bien leída" desde el podio. El Menuetto. Allegro molto de nuevo admiró en la elección del tiempo, elegantemente bailable desde una aterciopelada cuerda con intervenciones de los solistas del viento dulces, presintiendo el gusto del metal para la segunda parte, y el "Trío" nuevamente cercano, literal por presencia y equilibrio, tributo y admiración beethoveniana, rítmica precisa en gesto y respuesta antes del fantástico Allegro vivace, más mozartiano que el penúltimo movimiento, en discurrir y musicalidad, limpieza en las notas rápidas independiente de las intensidades, fraseos generosos saboreando cada tema, cada motivo sacado a la luz con magisterio británico sobre esta orquesta internacional que aún madurez y juventud en un repertorio que no debe faltar. Y la esperada Sinfonía nº 1 en re mayor "Titán" (Mahler) de la que los malherianos coleccionamos decenas de versiones variadas, históricas, emocionantes, vibrantes, saboreadas, personales, prometedoras, aunque nada que ver nunca con el placer casi pecaminoso en la lujuria sonora del directo, una orquesta suiza de solera con la plantilla deseada, cuerda subyugante a partir de ocho contrabajos, una madera de lujo y sobre todo los metales más que nunca bronces por refulgentes, desde las trompetas fuera de escena lejanamente presentes y ese octeto de trompas con una magistral solista completados por el arpa (a la derecha tras los violines segundos) y una percusión (por supuesto con dos timbaleros) que redondearían los materiales disponibles para que el mahleriano Nott arrancase una "bendita Primera" capaz de transportarme a la Semana Santa malagueña por sentimientos, luz inigualable, noche mágica, religiosidad del pueblo profano capaz de lo humano y lo divino, conjugando fiesta y devoción como en pocos sitios he vivido, declararse ateos y vibrar con las imágenes de todas las cofradías, las "folclóricas" y las "íntimas", fervor y devoción. Como si Mahler uniese ambos mundos a lo largo de los cuatro movimientos, Nott resultó cual mayordomo de una "Cofradía del amantísimo Mahler de la magnificencia aristotélica y señor del sentir agnóstico", responsable de sacar de la partitura todo el sentir del compositor, hacerse entender y transcender al más allá que somos el público, magnificencia de grandeza más que ostentación. Fiel a lo esperado y estudiado, Nott volvió a apostar por el rigor, el Lento. Adormecido del amanecer matutino, íntimo desde el susurro de una cuerda que nadie pensaría en el número, unísonos madera y metal del instrumento ideal, desperezarse con el convencimiento de una larga jornada de lo terrenal a lo universal, ecos de trompetas y gorjeos de pájaros para arrancar la mañana que avanza lenta y segura hacia la plenitud, alegría y paso preciso, claro, despejado, equilibrado y siempre cantabile, melodías de siempre en nuestro subconsciente muy consciente "Mahler". Poderosamente agitado, pero no demasiado rápido, instrucciones precisas del incomprendido bohemio seguidas literalmente por el máximo cofrade Nott, aire cosmopolita, vienés y malagueño, luz después del mediodía con brisa mediterránea cual aire del Danubio, terciopelo del ropaje en los tronos y cirios que comienzan a iluminarse encendidos por la trompa que avisa de una tormenta floral antes del atardecer abrileño, jolgorio mezclado con nerviosismo y devoción. Marcha fúnebre: Solemne y medido, sin retardarse, la noche en procesión, dolor y canto popular, el paso seguro, la banda de música ayudando al viaje interior y el recogimiento en la calle roto por el espacio entre los tronos, un Mahler diría que malagueño universal (con perdón de los bohemios), el oboe cual saeta en la reja y Nott ayudando al respiro preciso indicado con "martilleo de campana" antes de retomar el largo camino de peregrinación por los barrios, con pausa catedralicia obligada antes de recogerse en las casas madres. El tiempo de Mahler ha llegado para quedarse, con toses cual castigo o tentación y hasta el silbido de teléfono no enmudecido al que el dios supremo castigará con el fuego eterno de la sordera. El rubato de Nott para conjugar los dos mundos y el balanceo que da vida a unas imágenes que rompen cualquier iconoclasta, el arpa profética de "la Quinta", el coro celeste de maderas, manto floral de los violines y la visión global hecha sonido orquestal con todos los aromas posibles. Atormentado. Agitado, la recta final de la noche, las dudas morales, el dilema por querer creer en algo supremo, las interrogantes vitales con auténtico tormento y agitación desde todas las intensidades imaginables dictadas por un Nott todopoderoso al que la Suisse Romande responde como un todo, poderosa, voluptuosa por momentos, limpia noche y estrellada de vientos racheados, desgarros en cuerda, corazonadas en timbales, tormentas metálicas de truenos y relámpagos interiores, la batalla de luces y sombras que se disipan con las luces de un alba inalcanzable por momentos antes del remanso tras el desasosiego, el triunfo de la vida hecha sinfonía... (y Mahler seguiría explorando). Imágenes sonoras, viajes espaciotemporales e interiores, misticismo musical de un Mahler cada vez más adorado y entendido en un mundo incomprensible, buscando el universo desde lo singular y complejo del mundo sinfónico. Domingo de Gloria antes de las carnestolendas y la Cuaresma, porque el calendario musical se rige por el universo de Mahler.

Plácido Domingo

Plácido Domingo (21 de enero de 1941) es un cantante lírico (tenor y barítono) y director de orquesta español. Es conocido por su voz versátil, que le ha permitido cantar como barítono y tenor. Reconocido como el más grande tenor de todos los tiempos por la crítica especializada, además es director de orquesta, productor y compositor, y director general de la Ópera Nacional de Washington en Washington, D.C. y en la Ópera de Los Ángeles (California).



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