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Música Clásica y ópera de Classissima

Plácido Domingo

martes 6 de diciembre de 2016


Musica Antigua en Chile

3 de diciembre

El grupo de música medieval Los Juglares del Orbe estarán presentes en la versión 2016 de COFRADÍA

Musica Antigua en ChileDomingo 4 de Diciembre, 18:00 hrs.Café Literario Parque BalmacedaAv. Providencia 410, Metro Salvador "Evocando sonidos de los siglos XIII al XIV , entre alabanzas y lamentos, entre oraciones y danzas, estos Juglares del Orbe tocarán la música medieval durante todo el camino."COFRADÍA. El mundo antiguo siempre nos ha cautivado, ya sea por su literatura, sus paisajes, sus vestimentas y su artes. Nos dejamos llevar por bellas historias imaginándonos el como seria si estuviéramos ahí. COFRADIA es la puerta de entrada a los más bello de este mundo, los invitamos a ser parte de esto y poder sumergirnos juntos en este mundo lleno de costumbres, bufones, guerreros y hermosos seres mágicos. Con los detalles propios de la época, los invitamos a vivir esta experiencia medieval a probar un viaje en el tiempo y detener el reloj un par de días. 3 y 4 de Diciembre desde las 11:00 hrs. en el Café Literario Parque Balmaceda.

Scherzo, revista de música

2 de diciembre

Joven Camerata de El Salvador, en los Teatros del Canal

La Joven Camerata de El Salvador (JOCA), dirigida por el maestro Bryan Cea, actuará el próximo domingo 4 de diciembre en un concierto del ciclo Ibercaja de Música en los madrileños Teatros del Canal. leer más




Cantan ellas - El Blog de Maac

29 de noviembre

I vespri siciliani (12) - Arrigo - Louis Guéymard. El tenor de "I vespri siciliani"

Si la soprano que estrenó el papel de Elena era alemana, el tenor que estrenó el papel de Arrigo (o Henri) en Las vísperas sicilianas en París sí que era francés, provenía de una familia de granjeros del sureste francés y en 1845, comenzó a estudiar canto en la Ópera de Lyon. A los 26 años ya era uno de los tenores principales de en la Ópera de París (1848-1868)  y allí realizó la mayor parte de su carrera (visitó también la ROH en Londres y la Ópera de Nueva Orleans), estrenando óperas de Louis Clapisson, Meyerbeer (Jonas enen El profeta), Armand Linnader, Gounod (La nonne sanglante, Sapho, La reina de Saba), Halévy, Józef Michal Poniatowski y Auguste Memet, la mayoría de estos compositores hoy desconocidos, también formaron parte de su repertorio personajes como Arnold en Guillermo Tell de Rossini, Manrico en Il trovatore,  Rodolfo en Luisa Miller, Tebaldo en I Capuleti e I Montecchi o el papel titular de Robert le diable, éste fue seguramente uno de los roles que le dio mayores éxitos, de hecho Coubert realizó un cuadro, que se encuentra actualmente en el The Metropolitan Museum of Art de N.Y,  en el que Guéymard aparece caracterizado como Robert interpretando el aria "El oro es una quimera" (L'or est une chimère). Murió a los 57 años de edad, en 1880. El papel de Arrigo, un joven de 19 años con ímpetu revolucionario al principio de la ópera pero con una gran madurez cuando ésta concluye, parece ideal para un tenor lírico-spinto, es decir, un tenor lírico pero con cierto empuje o potencia que ni tiene la agilidad y brillo comunes en un tenor lírico ni la suficiencia en graves de un tenor dramático, el papel es terrorífico haciendo que el tenor se mueva constantemente en la zona de paso. Decía Plácido Domingo, en su libro sobre los personajes que ha interpretado, que era un papel solo superado en dificultad por el de Otello, pero solo por el contenido emocional de éste. De entre todos los tenores verdianos desde Rodolfo en  Luisa Miller es el que menor repercusión ha tenido en el público, con la excepción del protagonista de Stiffelio/Aroldo, estrenada un año después de Luisa Miller y meses antes de Rigoletto, y exceptuando también, posiblemente, por su carácter de personaje secundario, el de Fenton en Falstaff. Esta escasa repercusión, o falta de éxito, tiene que ver con su dificultad (si repasamos los tenores que lo cantaron a lo largo del siglo XX vemos que son muy pocos), pero también con el poco tirón de I vespri siciliani y con la falta de inspiración o de garra que tienen las arias o intervenciones de Arrigo en comparación con las de personajes inmediatamente anteriores como  il duca, Manrico o Alfredo, o posteriores como Riccardo, Álvaro, Don Carlos, Radamés u Otello. Guéymard caracterizado como ArrigoVamos a escuchar a 2 tenores como Arrigo, el otro día ya pusimos en otra entrada la grabaciión de Bergonzi:



Ya nos queda un día menos

25 de noviembre

Barenboim, de gira con Schubert, Chopin y Liszt

A estas alturas ya saben ustedes que Daniel Barenboim está de gira por España con su nuevo piano, ése inspirado en un instrumento que en su momento fue de Franz Liszt: el miércoles estuvo en Zaragoza, ayer jueves actuó en Barcelona y el domingo hará lo propio en Madrid, un acontecimiento para el que tengo entrada –no precisamente barata, se trata de Ibermúsica– desde hace meses. Schubert, Chopin y Liszt en el programa. ¿Qué podemos esperar? Con un músico como Barenboim, siempre dispuesto a probar cosas distintas y a dejarse llevar por la inspiración del momento, eso no es del todo predecible, pero sí que podemos hacernos una idea escuchando los discos que ha grabado en fechas muy recientes con estas mismas obras. Y haciendo comparaciones con los más reputados artistas: al de Buenos Aires hay que ponerle el listón en lo más alto, sencillamente porque en la actualidad es el más grande. Se ha de iniciar el programa con la Sonata nº 13, D. 664 de Franz Schubert, registrada en la reciente integral editada por Deutsche Grammophon. No es esta página lo mejor de la misma, aunque sí que resulta muy representativa del modus operandi barenboiniano: cargar las tintas sobre los aspectos dramáticos que tanto le gustan, aportando momentos muy encendidos y clímax de gran tensión, sobre todo en un tercer movimiento valiente y decidido. Pero también hay que decir que Allegro moderato inicial podría estar más paladeado y albergar mayores dosis de calidez y encanto. Incluso de matices expresivos: la comparación con la descomunal grabación de Sviatoslav Richter de 1979 –tampoco la de Arrau es precisamente manca– le deja en evidencia. ¿Se verá el maestro más inspirado en el recital madrileño? La primera parte se ha de prolongar de manera considerable con la Sonata en La mayor nº 19, D. 959, la penúltima del autor. Y aquí sí que Barenboim alcanza la mayor altura posible. Como era de esperar, plantea un primer movimiento contrastado, lleno de claroscuros sonoros y expresivos, pero sin que se pierdan el equilibrio, la elegancia y la belleza digamos “clásica”. Algo así como la cuadratura del círculo, o la demostración de que resultar apolíneo no significa incurrir en el distanciamiento, la insipidez o la desatención a los aspectos dramáticos de la música. En el Andantino hubiéramos esperado una recreación más lenta y desolada, también más amarga, pero lo cierto es que Barenboim se atiene al tempo y el carácter marcados por la partitura a la vez que frasea con una cantabilidad para derretirse, lo que no le impide precisamente alcanzar momentos muy encendidos, incluso tempestuosos, cargados de malos presagios. El Scherzo arranca con una frescura, una elegancia y una luminosidad necesarias después de todo lo escuchado, aunque al llegar a la sección central vuelven los acentos dramáticos, bien subrayados por un Barenboim valiente y siempre atento lirismo amargo que subyace en la creación schubertiana. No menos decidido y contrastado el Rondó final, impregnado de una nobleza sensual en el fraseo –emotivo a más no poder el tema lírico– y de una grandeza que en buena medida apuntan hacia el universo brahmsiano. La Balada nº 1 de Chopin que ha de abrir la segunda parte la ha grabado el pasado año en su disco En mi nuevo piano. Cuando escuché por primera vez el compacto fue lo que menos me entusiasmó del mismo. Poco más tarde Ángel Carrascosa compartió la misma percepción (lean aquí su reseña), y me hizo ver cierta falta de estilo en la lectura. Repetidas audiciones no han hecho sino convencerme de que se trata de una extraordinaria lectura, aunque ciertamente no termine de sonar a Chopin. ¿En qué sentido? Hay quizá demasiado músculo, excesiva densidad sonora –tremendo el peso de los acordes–, descuidándose un tanto esa peculiar mezcla de delicadeza y galantería que caracterizan a la música del polaco. Los rubatos no son del todo chopinianos, y la sección central no está fraseada con el sabor a vals al que estamos acostumbrados. Dicho esto, ¡qué interpretación más paladeada y sensible, qué sensualidad más embriagadora, qué derroche de imaginación en el fraseo! Y sobre todo, ¡qué capacidad para llenar de significado expresivo todas y cada una de las inflexiones y de los acentos! Seguiré maravillándome ante los prodigios que lograron Arrau, Zimerman y Kissin en esta página, pero lo de Barenboim, aun siendo discutible, no me despierta menor admiración. El sonido del maestro, su fraseo extremadamente orgánico, su variedad del sonido tanto en volumen como en colores y su portentoso sentido para las tensiones armónicas sí que resultan por completo adecuados para el universo de Franz Liszt. Por eso resultan impresionantes los resultados en Funerailles, página de la que en el referido disco con su nuevo piano ofrece una interpretación que recuerda no poco a la increíble de Claudio Arrau (Philips, 1982) por su enfoque mucho antes atmosférico y luctuoso que encrespado, apostando por una sutilísima planificación y por un lirismo digamos que “humanista” altamente reflexivo. Con todo, Barenboim no llega a desplegar la imaginación y la fuerza visionaria de que hizo gala su colega en su citada recreación, menos densa y opresiva que ésta pero también más emotiva, y probablemente uno de los más geniales trabajos de la carrera del inolvidable pianista chileno. Vals Mephisto nº 1 para terminar. En principio, una locura. Ni por dedos –su agilidad digital resulta más que suficiente para abordar esta obra, pero no es excepcional– ni por temperamento artístico puede Barenboim ofrecer una de esas interpretaciones incisivas y electrizantes, de corte demoníaco, por las que optan otros pianistas. Lo que hace en el disco, y suponemos que hará en directo, es ofrecer una recreación marcadamente gótica, de amplísimo vuelo lírico y profundo arrebato pasional, en la que los colores adquieren plena significación, se juega con la agógica con total libertad y los matices expresivos parecen infinitos, a veces de una exquisitez extremas (increíbles trinos casi al final de la página!) pero sin espacio alguno para el preciosismo sonoro. Se aporta, además, un punto de humor socarrón muy conveniente, aunque desde luego es la sección central, con todo lo que tiene de poesía ensoñada, vehemente y voluptuosa, lo que más parece interesar a nuestro artista. Aquí es Kissin (no conocía ese registro de 2003: gracias a Ángel por la recomendación) la referencia, por ser quizá el pianista que mejor logra sintentizar la vertiente más angulosa y mefistofélica de esta música con el componente onírico, anhelante y de gran aliento poético que también demanda la partitura, pero Barenboim vuelve a demostrar que sigue saliendo airoso de los más terribles desafíos gracias a una inteligencia musical de primerísimo orden.

Plácido Domingo

Plácido Domingo (21 de enero de 1941) es un cantante lírico (tenor y barítono) y director de orquesta español. Es conocido por su voz versátil, que le ha permitido cantar como barítono y tenor. Reconocido como el más grande tenor de todos los tiempos por la crítica especializada, además es director de orquesta, productor y compositor, y director general de la Ópera Nacional de Washington en Washington, D.C. y en la Ópera de Los Ángeles (California).



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